sábado, 11 de febrero de 2012

EXODO

Se dibuja una sonrisa mellada en el rostro de Zoltan y cogiendo su cigarrillo, lo apaga en la escalera de madera de aquel destartalado carromato. Desciende las escalinatas y se acerca al fuego donde Linka, alegre y ajena como siempre a los peligros que les acechan, hace bailar al oso al ritmo de su pequeña acordeón. En el horizonte de un menguado atardecer, los fogonazos de los cañones de quienes ya de cerca los acosan, iluminan el cielo de una Hungría que mañana abandonarán y en las lágrimas que brotan de sus ojos, se refleja la carpa ya plegada.