Desde el día que murió nada había cambiado en el parque. Las hojas seguían cayendo hacia abajo como todos los otoños sirviendo de mullido colchón a los cuatro desheredados que solían dormir con él debajo del puente. Bueno, una cosa sí, ahora quedaba una plaza libre en ese albergue y el tribunal deliberaba sobre la idoneidad de los candidatos; un viajante de libros, un trompetista sin trompeta, un acuarelista que nunca supo pintar bien el sol y un señor barbudo que al igual que quién ya se fue, había querido seguir enseñando a la vieja usanza.
Rec; semana 4ª, 2017-18