Hacía casi dos milenios que lo habían crucificado y sin embargo los tres clavos de Pedro por los que él había pagado tanto dinero, aún se conservaban en perfecto estado. Con la agitación propia de quién consigue lo deseado, acarició con suavidad la punta del primero y pensando en su ansiada inmolación, sin gesto alguno de dolor, lo clavó en sus pies contra la tabla sobre la que yacía. Hizo lo mismo con el segundo en su muñeca izquierda, esta vez con mucha más dificultad pero imaginando la cara, mezcla de estupor y de satisfacción, de su amada reverenda. Intentó alcanzar el tercero pero le fue imposible.
REC 01/03/2018