viernes, 14 de diciembre de 2012

Marejada infiel


Con cuidado para que no se les caigan los alfileres que le acaba de poner, ordena los cucuruchos de papel donde los caracolillos recién pescados esperan compradores de saliva fácil y bolsillo generoso. Ella no los come, no lo hace desde que Manuel desapareció porque teme que los trocitos de su alma vaguen dentro de cualquier ser vivo que navegue por las profundidades de los mares y porque ya se cansó de oler y de tocar cada pescado tratando de encontrarla para disculparse. La suya quedó envarada aquella tarde de invierno en la casa del contramaestre.

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