Subir de nuevo a la habitación es lo primero que se le ocurrió. Sabía que no era una buena idea, que las huellas de sus pies embadurnados con la grasa de aquel cubo de sardinas que había encontrado en el patio quedarían grabadas en la moqueta. Que tampoco tenía un triste guante que ponerse y que sus cinco dedos serían fácilmente reconocibles en el pomo de la puerta. Pero claro, ser atrapado en el lecho de tu amante, deshacerse de ambos y salir torpe y apresuradamente desnudo a la calle, solo tenía sentido desde la impulsividad de aquel joven camarero.
Rec; 19/01/2016