Al otro lado de la ventana sin rejas, una luz tenue iluminaba la habitación
en la que había decidido entrar. Se había descolgado desde la azotea mediante
la cuerda que había recogido del patíbulo, dejando en el suelo aquel cuerpo que
aún se balanceaba. Se quitó el verduguillo, lo dejó sobre la mesilla, apagó la
vela y tanteó las sábanas buscando una vez más el calor de aquella piel que
tanto le martirizaba. Se acostó a su lado y como si se tratara de un rito,
repitió los mismos movimientos de siempre, esperando la consabida respuesta de
Antonio el alcaide.
REC semana 6; 2016-17 (no enviado)