En el
lugar más recóndito de la isla escondió la moneda con el agujerito, justo donde
la tortuga solía dormitar. La tapó con los hierbajos de plástico para que no se
viera y se escondió en lo que un día fue la habitación de sus padres. Tragó saliva
al reconocer la voz enfurecida de su padrastro; preguntaba por su amuleto de la
suerte, objeto que habitualmente colgaba de su cuello cuando tocaba partida.
Este jueves no sería igual, la bestia tramposa jugaría sin protección y con un
poco de suerte, la bala del “Chabo” atravesaría su garganta cuando bien llenitos
de tequila, discutieran otra vez por la guita.
Rec 2016-17; Sem 19