La señora
Remedios siempre se sentaba en la misma silla del hall aunque de forma habitual
la solía mover de sitio colocándola al lado de la pared, mirando hacia la
puerta, como si esperara a alguien. El
resto de los que solían frecuentar aquella vivienda ya se habían acostumbrado a
ello y también a la misma pregunta que siempre hacía: ¿A que piso va?.
La mañana del
día 10 de enero, justo el día del segundo aniversario de la muerte de su marido “José el negro”, comenzó su ataque de
verborrea. Desde muy temprano y después de desayunar con los demás, se sentó en
su sitio habitual y apoyándose en una escoba con las dos manos, comenzó a
hablarle sin parar. Al principio, las cuidadoras de la residencia no le
prestaron atención pero cuando una de ellas pasó a su lado y se dio cuenta de
que su voz se había transformado en un
suave cuchicheo, se acercó a ella tratando de adivinar que era lo que le estaba
contando. Hablaba de los Gutiérrez, del enigmático matrimonio del quinto, de
aquellos que recibían a gente importante en su casa, a individuos encorbatados
con aires de grandeza que ni siquiera se dignaban a responderle cuando hacia su
mecánica pregunta.
Habló de cómo
aquella noche de tormenta, cuando aún ella
estaba en la portería y se apagaron las luces, él y ella, los Gutiérrez, bajaron
un pesado saco por la escalera provocando un ruido seco en cada uno de los
escalones y de cómo al día siguiente tuvo que fregar piso por piso, en cada uno
de los tramos de escalera, el hilero de sangre seca del que se había quejado
Doña Inés cuando su perro añoso con forma de fregona sin palo, se había puesto
a olisquearlo nada más salir al rellano del tercero.
La Señora
Remedios siguió con el relato a su escoba mientras que tras su silla y con gran
atención, se fueron apostando un mayor número de oyentes. Siguió con lo de un tal Jesús, el vecino solitario y taciturno del
sexto que solía vestir con gabardina beige y al que no se le volvió a ver desde
aquella noche. Bajó de nuevo la voz al mismo tiempo que todos los que la
escuchaban estiraban el cuello para oír mejor y pudieron entender como relataba
la forma en que los albañiles taparon el agujero en el suelo del salón desde el
que al parecer, Jesús observaba a los Gutiérrez.
Cuando todo el
mundo esperaba el desenlace de la historia su voz se cortó de golpe, la escoba
había resbalado y su cuerpo se había vencido hacia adelante. El gesto de querer
ayudarla de los más cercanos fue en vano
porque la mujer ya había caído al suelo y se había golpeado la cabeza contra el
suelo.
Allí terminó su
discurso y allí acabó lo que pudo haber sido una historia de espionaje, la de
un solitario voyeur o tan solo una simple historia más de portería.
Muy curiosos relatos, Javier.
ResponderEliminarPor aquí me quedo a continuar leyéndote.
Saluditos!