sábado, 21 de julio de 2012

Verborrea inconclusa


La señora Remedios siempre se sentaba en la misma silla del hall aunque de forma habitual la solía mover de sitio colocándola al lado de la pared, mirando hacia la puerta, como si esperara a alguien.  El resto de los que solían frecuentar aquella vivienda ya se habían acostumbrado a ello y también a la misma pregunta que siempre hacía: ¿A que piso va?.

La mañana del día 10 de enero, justo el día del segundo aniversario de la muerte de su marido “José el negro”,  comenzó su ataque de verborrea. Desde muy temprano y después de desayunar con los demás, se sentó en su sitio habitual y apoyándose en una escoba con las dos manos, comenzó a hablarle sin parar. Al principio, las cuidadoras de la residencia no le prestaron atención pero cuando una de ellas pasó a su lado y se dio cuenta de que su voz  se había transformado en un suave cuchicheo, se acercó a ella tratando de adivinar que era lo que le estaba contando. Hablaba de los Gutiérrez, del enigmático matrimonio del quinto, de aquellos que recibían a gente importante en su casa, a individuos encorbatados con aires de grandeza que ni siquiera se dignaban a responderle cuando hacia su mecánica pregunta.

Habló de cómo aquella noche de tormenta, cuando aún  ella estaba en la portería y se apagaron las luces, él y ella, los Gutiérrez, bajaron un pesado saco por la escalera provocando un ruido seco en cada uno de los escalones y de cómo al día siguiente tuvo que fregar piso por piso, en cada uno de los tramos de escalera, el hilero de sangre seca del que se había quejado Doña Inés cuando su perro añoso con forma de fregona sin palo, se había puesto a olisquearlo nada más salir al rellano del tercero.

La Señora Remedios siguió con el relato a su escoba mientras que tras su silla y con gran atención, se fueron apostando un mayor número de oyentes.  Siguió con lo de un tal  Jesús, el vecino solitario y taciturno del sexto que solía vestir con gabardina beige y al que no se le volvió a ver desde aquella noche. Bajó de nuevo la voz al mismo tiempo que todos los que la escuchaban estiraban el cuello para oír mejor y pudieron entender como relataba la forma en que los albañiles taparon el agujero en el suelo del salón desde el que al parecer, Jesús observaba a los Gutiérrez.

Cuando todo el mundo esperaba el desenlace de la historia su voz se cortó de golpe, la escoba había resbalado y su cuerpo se había vencido hacia adelante. El gesto de querer ayudarla de  los más cercanos fue en vano porque la mujer ya había caído al suelo y se había golpeado la cabeza contra el suelo.

Allí terminó su discurso y allí acabó lo que pudo haber sido una historia de espionaje, la de un solitario voyeur o tan solo una simple historia más de portería.

1 comentario:

  1. Muy curiosos relatos, Javier.

    Por aquí me quedo a continuar leyéndote.

    Saluditos!

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