El leve crujir de la viga de la que cuelga su padre
me hace pensar si algún día de estos bajará por si solo o esperará como cuando
se metió en la lavadora, a que el azar o el destino decida el desenlace.
Como él nos dice: ¡Un científico no puede interferir
en los resultados!
Ya solo le quedan dos dedos en una mano y en el
garaje todavía le esperan las seis docenas de cohetes y unas alas de poliespan.
Y ya son dos las semanas que llevamos sin clase.
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