Sus
labios perfilados se contraen para dejar escapar un silbido corto, es
entonces cuando de entre unos matos aparece su dueño con la pieza en
la boca. Tobi había acudido durante años a la academia de perros
listos donde muchas veces encontró su plato vacío o dónde la letra
con sangre le entró hasta conseguir ser el primero de su promoción.
Y tal fue la dosis de aprendizaje que recibió que al final sabía
mas que su profesor. Bajo amenazantes ladridos se hizo tatuar unos
labios y aprendió a andar a dos patas para parecerse más al amo a
quién finalmente, terminó por adiestrar.
Micro enviado a REC de la SER el 11/11/2012
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