Sólo a las niñas guapas y a los hermanos que se las presentaban les estaba permitido entrar en las estancias del Señor Obispo. Una vez allí, la puerta se cerraba y el más estricto de los silencios reinaba durante las más de dos horas que duraban lo que él llamaba ejercicios espirituales. Luego, cuando con las rodillas coloradas salían de vuelta a casa por aquellos pasillos largos, solían comentar entre ellos:
- ¡He visto un poco mas gordo a papá!; ¿No te parece?.
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