Disfrazado de
vendedora de manzanas se apostó detrás de las cajas, abrió su libreta y la dejó
cerca para anotar uno a uno los pecados que iba a capturar ese día.
Dice el obispo que ya
nadie se confiesa, que el registro es escaso y que desde Roma le están
azuzando.
- ¡Buenos día padre!,
le saludó una feligresa al verle asomar la sotana por debajo
del faldón de cuadros.
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