Esa noche la tropa cenó
compota de almas errantes. Al soldado Ruiz le costó lo suyo conseguir un
detector como los que utlizaban “los cazadores de fantasmas” pero finalmente se
construyó uno con la caja cilíndrica de unas ”pringles”, el rayador de queso y
el aparato de radio del sargento. Algunas de ellas, cuando el agua comenzó a
hervir, intentaron huir pero el cocinero con destreza consiguió reducirlas con
la tapa.
Y es que llevaban
tiempo sin pegar un tiro, sin un triste enemigo al que cargarse y nadie les
había dicho que la guerra había terminado. Lo importante era alimentar su espíritu.
No hay comentarios:
Publicar un comentario