Ella no tiene habilidad ninguna para recogerse el pelo, la perdió hace tiempo es más, nunca la tuvo. Sin embargo ella sabe más que nadie, día a día, detrás de las cuatro paredes de cristal, observa todo lo que acontece en el despacho: los líos del jefe con Asunta la secretaria y las idas y venidas de gentes embutidas en trajes de mil rayas. Hoy, a eso de las doce no dirá nada, volverá a asomar su boca y sus dos ojos por encima del nivel del agua, esperando que le caigan las escamas de comida desde la mano de siempre, la de dedos gordos y sello de oro.
REC sem 1; 2014-15
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