sábado, 3 de marzo de 2012

Una truncada carrera


Igual que lo hacen las ballenas de su faja, apretándole de tal manera que incluso dejan su huella en la piel de su maltrecha espalda, Marishia prepara la carne picada apelmazándola en pequeñas bolas que va dejando en la mesa de madera cubierta de harina. Cuántos aplausos suenan en su cabeza mientras dirige la mirada al grueso pelotón que silenciosamente espera su turno para entrar en la cazuela. Parecen las cabezas de su público, de ese que bajo su trapecio le ha acompañado durante años y que ahora, a pesar de sus dolores, añora como nunca en este viaje. 

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