Tenía
una gran experiencia, se le notaba por como se movía detrás de la barra y sin
duda alguna, era especialmente fantástica preparando los gin-tonics de sus
clientes. Con el primero, siempre se esmeraba, era su forma de atraerlos, de ensimismarlos,
de engatusarlos con sus finos y ágiles movimientos retorciendo la corteza de
limón cerca de sus narices, para que la nube de gotas microscópicas llegara a
impregnar las mucosas de sus clientes con ese aroma del que a uno le era imposible
escapar a otro garito. Y esta era su estrategia, la tela de araña con la que
cada noche tejía su trampa, su
cazamariposas con el que copa tras copa, maduraba a sus presas hasta extraerles
la última moneda de sus bolsillos. Y cuando daban con su cabeza en la barra de
mármol era cuando más disfrutaba, cuando anotaba mentalmente una muesca más en
su larga lista. Los odiaba y lo hacía desde que aquel bruto de cejas pobladas que
tenía por padre le obligaba aun siendo una niña, a servir “soles y sombras” a los otros
bestias del palillo en la boca. ¡Zash! Patada al taburete y borracho al suelo,
este era el final de cada escena.
(enviado en septiembre de 2012 a "esta noche te cuento").
(enviado en septiembre de 2012 a "esta noche te cuento").
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