jueves, 30 de mayo de 2013

La caída de los dioses


Ordenaron colocarle una venda en los ojos para cerciorarse que seguiría sin ver mas allá de sus narices. Les venía bien un tipo así, un narciso que obedeciese tan solo por necesitar de manera constante su significación ante los medios. Ahora ya, sin poder ver el gesto de sus ojos, era todavía fácilmente reconocible por su discurso mesiánico y por como movía un labio superior ya carente de aquel bigote adolfiano que durante muchos años creímos que ocultaba una malformación, razón de su mala baba. La orden se dio con un gesto, las palabras cesaron y la cabeza por fín rodó; ¡Adios Pepe!.

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