Encerrado
entre cuatro paredes, una vez más pestañeó pero como siempre,
aquella bata le daba la espalda, daba igual, fuera la de quién
fuere, era una bata ciega. Se habían perdido las voces, los sonidos
y su única conexión con el medio eran sus ojos verdes, sí, los que
aún mantenían su viveza escondida. Su ritmo cardiaco se aceleró,
la chica de los labios rojos se había vuelto, parecía que su gran
cabeza esta vez había entendido el significado del movimiento
secuencial de las pestañas. Hoy se lo podré contar, por fin se lo
contaré todo pensó. ¡Doctor, doctor!.
(presentado al III Consurso de Micros del Museo de la palabra el 12 oct 2012)
(presentado al III Consurso de Micros del Museo de la palabra el 12 oct 2012)
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