Le deseé que tuviera un
buen turno, le di un beso y me volví a la grada. No tardó en empezar a hablar,
lo hizo de forma pausada, nunca le había visto tan tranquilo. Sus palabras
fueron cogiendo forma y tras unas primeras frases de introducción, se convirtieron
en lo que nunca habría esperado; en la declaración pública y sincera de su
incompetencia, de su incapacidad para cumplir su responsabilidad y sobre todo
para hacerme ya feliz. La dimisión era un hecho, dejó sus papeles en el atril y
subiendo las escaleras cogió mi mano y juntos abandonamos el hemiciclo.
Presentado al REC (9/4/2014)
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