Mientras la impía lluvia borraba la rayuela, volvió a pasar tres hojas
hacia atrás, dejó las gafas encima del libro de contabilidad y se levantó para avivar
el fuego. Nadie recordaba un invierno sin niños tan duro; aún así él seguiría
pintando con tiza los cuadros en la acera. Todo el mundo le tachó de loco cuando en la
plaza pintó y pintó el perfil del cadáver de María y al final se llevaron
esposado al alcalde.
Presentado al REC (23/04/2014)
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