Había escrito cien veces te quiero y cuando terminó ya ni recordaba el por
qué, ni el número de veces que lo había hecho. Abrió el grifo creyendo que
encendía la radio y se extrañó del sonido que surgía de aquel aparato; por un
momento tuvo la sensación de que era igual al que emitía la televisión cuando
se estropeaba en la casa grande junto a todos aquellos niños. Angustiado se
sentó en una banqueta y espero como todos los días a que la mano suave de una señora le tocara
la cabeza y dijera aquello que tampoco entendía:
- Ale Pablo, cariño, vamos de paseo.



