Había una vez un barco, un barquito de vela que reposaba todos los inviernos en las tranquilas aguas de un pantano sin nombre. En una ocasión en la que el verano fue muy seco y caluroso, el barquito llegó a tocar con su panza el lodo del fondo y se prometió que nunca más volvería a hacerlo porque se manchó y porque los bichos se le subían sin dejar de corretear por su cubierta. Para ello decidió que cada vez que soplara el aire, el haría sonar sus obenques con más fuerza para atraer a la lluvia y a la nieve y evitar así la sequía de su lecho.
Así fueron pasando los inviernos, uno tras otro, y en todos ello el barquito seguía su mismo ritual, aunque no de manera continua porque cuando se daba cuenta de que el nivel del agua amenazaba, con rebasar la presa, él paraba su vaivén yla lluvia o la nieve se alejaban.
Un mes de enero de no se que año, el barquito se durmió. No sé si fueron los muchos años que tenía su casco o la propia rutina a la que con rigor se había sometido, pero lo cierto es que se le olvidó detener el tintineo de sus obenques y la lluvia y la nieve, atraídos por el mágico sonido, no abandonaron el pantano durante 30 días y 30 noches. El caso es que viendo el riesgo que corría la presa de romperse, las autoridades decidieron abrir las compuertas y por ellas comenzó a caer cantidades ingentes de agua.
El desembalse fue espectacular, tan grande como el propio sueño en el que se había sumido nuestro barquito. Él, como seguía dormido, no se había percatado de la profundidad que había adquirido el pantano y de que su ancla ya no llegaba al fondo. Poco a poco, sin dejar de balancearse a uno y otro lado se fue acercando al borde de la presa hasta que una noche de luna escasa y muchas nubes, el barquito cayó por la cascada y desapareció.
Vigilad los campos y los ríos y si lo encontráis, no chilléis, acercaros a él y susurrarle al oído para que no se asuste. Aún seguirá dormido.